Unir con oro los fragmentos

( suomi )

Giorgio Lavezzaro


Sobre Elogio de la cicatriz

¿Cómo desafiar la sed de novedades que aqueja al sujeto contemporáneo? ¿Por qué nos obsesionamos con pantallas lisas, autos “flamantes” y alfombras que aún nadie ha pisado? En Elogio de la cicatriz (kintsukuori), publicado en 2016 por Sporting Club Russafa (Valencia, España), Giorgio Lavezzaro abre una grieta honda entre dos discursos repetidos hasta la náusea. Al fijar su mirada en las abolladuras, los objetos restaurados y la narrativa de la cicatriz, el autor desafía una cultura dominante obsesionada con la piel tersa, las propiedades inmaculadas y la monomanía de la seguridad.

Por otra parte, los setenta y tres ensayos de Elogio evitan el nihilismo sacrificial que también predomina en la cultura contemporánea, y que conduce al desaliento y a la disforia. Siguiendo una variación ensayística sobre la técnica japonesa del kintsukuori, este libro invita a leer el cuerpo, los objetos queridos y la literatura como porcelanas que el azar fragmenta, pero que la laca de la rememoración puede restaurar. Mediante la sanación artesanal de los afectos, Giorgio Lavezzaro convierte al Cronos moderno en un tiempo donde el significado se protege y multiplica.

Elogio de la cicatriz (Fragmento)

cicatriz

Los olvidos, los sueños, los errores. Sucesos involuntarios, inevitables e incómodos —por lo menos cuando suceden en tanto que desacomodan lo que ya era estable. Hendiduras de la carne que ha sanado. No se pueden evitar los sueños. La incomodidad del error precede a su ocurrencia. Los olvidos no pueden controlarse. Todos estos mecanismos suceden, de una u otra manera, como las cicatrices.

No estoy cierto de que pueda entenderse, o rastrearse siquiera, el origen del rechazo occidental hacia estos hechos (ignoro la relación que se tenga en otras culturas con estos procesos). Tampoco estoy seguro de que la palabra más precisa sea rechazo, pero el mecanismo del que quisiera dar cuenta es este hacer a un lado —¿subestimar?—, de este hacer como que no se sabe de estos asuntos; tientos vanos para eludir su emergencia.

Se trata de olvidar poco, se ignora la relevancia del contenido de los sueños, se intenta cometer errores mínimos. Pero todos estos elementos sobreviven a ras de piel, en la marca indeleble que dejan luego de su ocurrencia. Existen como cicatriz.

Qué pasaría con un sujeto si en lugar de continuar con esta inercia a relegar importancia a las marcas, viera en ellas la insistencia de la repetición de lo no dicho, de lo que no ha sido escuchado.

Ensayo algunas maneras de volver a las cicatrices la obra misma, debajo y a través y a pesar de los textos. Ensayo, también, algunas formas posibles de la cicatriz: no todo es una marca pero casi todo tiene la facultad de marcar. Me interesa entender de qué modo se producen las cicatrices en los escritos porque imagino que al acercarme a este reconocimiento podría volverme más humano o más de carne. Porque a veces se me olvida la fragilidad de la piel POR LA CONFIANZA EN LA RENOVACIÓNMÁGICA del cuerpo, ESA CAPACIDAD PARA HACER QUE LAS HERIDAS CIERREN, QUE LOS SISTEMAS VUELVAN A FUNCIONAR “COMO SI NADA HUBIERA OCURRIDO”; PORQUE NUNCA NADA ES COMO ANTES AUNQUE SE PAREZCA TANTO: SIEMPRE QUEDAN LAS HUELLAS DE LO PERDIDO.

Reconocerme en mis propias marcas. Dejar de pelear con mi propia humanidad visiblemente quebrada.

descomposición

En la marca que tiene un libro empastado deposito el recuerdo de cómo me hice escritor, además del aprendizaje más significativo que tuve en mi primer taller de poesía: aprender a borrar. Porque en ese taller aprendí a borrar; porque tuve que asumir que soy escritor en ese tiempo; porque en ese mismo espacio adquirí ese libro. En ese raspón miro mi apego por lo nuevo y la dificultad que tuve —que tengo— para borrar lo recién escrito. Al investir una marca que me desagradaba con un recuerdo, cambio mi relación con ese objeto pero también con el mundo.

De pronto siento simpatía por los libros viejos. Me hacen pensar que el espíritu de los árboles persiste al proceso industrial: también se deshojan. Su aroma me es más entrañable que el de aquél atrapado por el retráctil plástico pese al peligro que dicen que implica oler las hojas viejas —pues al parecer alojan alguna clase de microorganismo dañino a las vías respiratorias—; me siento más cómodo con uno que está maltratado de las tapas que con otro que conserva las pastas intactas o la cuadratura de sus hojas pegadas todas a su lomo, porque siento que soy más libre al sacarlo y guardarlo —gesto sumamente repetido cuando se es lector en desplazamiento. Los libros deshojados albergan el peligro de perder alguna página pero en esa fragilidad guardan su belleza.

Creo que el destino de los libros, como el nuestro, es la descomposición. Apreciar la pérdida pausada, ese lento irse quedando solos y sin hojas, me hacer pensar en la soledad intrínseca de lo humano. Alguna vez seremos ese libro arrumbado y falto de páginas, amarillo por el paso de la luz en las hojas, descuadrado y junto a otros que no necesariamente acompañan.

Esa soledad puede intuirse desde la primera marca en la portada. Más valdría ser conscientes del proceso de descomposición antes de que un día nos sorprenda la soledad del estante.

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