[suomi]
Marisa Martínez Pérsico
EL CORAZÓN DE LO FRÁGIL
¿Qué querrá decir garantía de por vida
para un cuerpo que solamente
lleva puesta la esperanza?
Margaret Randall
Nunca entendí el miedo
de los verdugos
frente a aquel
a quien van a «ajusticiar».
Por ejemplo, al anarquista de bigotes
en la foto del Archivo General de la Nación
con la mirada barnizada de fiebre
y los pies aherrojados con grilletes de hierro,
sin duda inofensivo
ante un escándalo de máuseres con botas.
¿Es el miedo al rebote de las balas?
¿A estar cerca del muerto?
¿O a la última esperanza de la víctima
que lleva al oficial
a atar la soga al pecho y que la tropa
se retire unos pasos
hasta que el cuerpo sea
una lámina de fuego?
He visto
constructores de palacios
espantarse de un trébol sigiloso.
Cacerías frustadas por un alce dormido.
Capitanes temblando en las bahías
donde se dobla el viento.
El poder desconoce el corazón de lo frágil,
la ilusión laboriosa
que anida en lo que siempre
se está a punto de romper.
LA HERENCIA
En el trabajo,
una cuchilla eléctrica
le cortó un dedo a mi padre.
Dicen que levantó su pulgar ensangrentado
y lo arrojó a la basura,
sin hablar.
En casa nos dijo que fue una herida limpia.
Indolora. Ni siquiera sangró.
Vivió en serenidad, sin dos falanges,
pero a veces las cosas
rodaban por sus manos
o quería agarrar una botella
y arañaba la luz.
Cuando le preguntaban
por qué no usaba más el brazo izquierdo
respondía
que era esa su forma de tocar:
intuir la curvatura de un objeto
con su dedo anterior.
Quizás, a mí también, una cuchilla
me privó de un pulgar.
Y eso explique
el apego a las caídas,
la obstinada
constancia de palpar
el vacío
de lo que fue real.
