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Sobre Esta noche el Gran Terremoto, de Leonardo Teja
Simulacros nocturnos, telegrafistas invisibles, un lenguaje que florece en medio de su corrupción. En Esta noche el Gran Terremoto, Leonardo Teja estudia la monomanía de la catástrofe en el mundo contemporáneo. Tomando el relevo de los grandes prosistas de la vanguardia, Teja se sirve de la desregulación surrealista del lenguaje y las estéticas del absurdo, para construir una Ciudad aquejada por la debacle inminente. El protagonista Diego Pirita, un ciudadano manso, dotado de apenas unos cuantos destellos de historia personal, busca trabajo en un hotel de paso ubicado en las cercanías de su departamento.
La ciudad es y no es la Ciudad de México. Los ciudadanos tienen la entera libertad de obedecer los ambiguos dictados gubernamentales. El terremoto largamente esperado por la Ciudad asume gradualmente un carácter antropomorfo, de mesías o Quetzalcóatl, que ha de instaurar un nuevo orden. Cuando llegue. Si es que llega. Mientras tanto, Diego se enfrentará a un sistema judicial cuyas reglas se expresan sólo después de haber sido infringidas, deberá navegar un lenguaje imposiblemente opaco y errático, visitará una habitación en el hotel reservada especialmente para el Gran Terremoto. Los breves capítulos que forman esta narración no impiden el efecto de un flujo macabro y onírico.
La aparición del sismo humanoide, que habría de concluir la angustiosa anticipación, inaugura otra cadena de simulacros.

Esta noche el Gran Terremoto (fragmento)
Esta noche El gran terremoto (fragmento)
Tomé la llave maestra y llamé al elevador. En cuanto se abrieron las puertas en el segundo piso, vi que había un reguero de sábanas, zapatos y demás objetos que se extendía a lo largo de la alfombra. Algunas luces titilaban. Por su parte, las puertas de las habitaciones estaban abiertas de par en par, y en algunos casos colgaban de una sola bisagra, como las personas que reciben mensajes cuando el tren ya está en marcha.
Entré en una de las habitaciones de la derecha y me encontré con un orden que me pareció frágil; dándome la espalda, un policía doblaba cuidadosamente la banda de bienvenida a el Gran Terremoto sobre la cama. Me incomodé por la escena y salí de nuevo al pasillo. Cuando me alejaba escuché la voz del policía, me pedía que no me fuera sin antes abrir el grifo del agua caliente porque debía rasurarse para la ocasión.
No regresé.
Preferí revisar las habitaciones contiguas. En ninguna había señales de la Sueca. La llamé, por la radio y a los gritos. Comencé a trotar por los pasillos, aunque lo odio; después de unos minutos me perdí en las vueltas del hotel, muchos de los números de las habitaciones habían sido arrancados, o cambiados caprichosamente. Algunas puertas ya no estaban abiertas como al principio, y debía tocar antes de intentar abrir. Por supuesto nadie contestaba.
Me sentía mareado cuando reconocía un lugar donde ya había estado, o me parecía haber estado, por ejemplo, en la habitación de el Gran Terremoto. El policía ya no estaba dentro, sino que se había acostado en la entrada. Me dejó entrar en cada ocasión que se lo pedí, pero se negó a ayudarme en la búsqueda. Decía que no podía alejarse de su posición por órdenes directas de sus altos mandos, yo le agradecía sus buenas intenciones, pero sospechaba que se estaba vengando por no haber regresado aquella primera vez para abrir el agua caliente. Incluso me dio la impresión de que se recargaba en puertas distintas para confundirme.
Después de un rato, estuve seguro de que había estado en todas las habitaciones del segundo piso. Dudé en extender la búsqueda hacia los otros lugares del hotel, pero en una de las veces que encendí la radio para llamar a la Sueca, por enésima vez, me había parecido haber escuchado su risa. Me hallaba a muy poca distancia del policía del agua caliente, y me pareció que él también había escuchado lo que yo, por lo que dijo:
–¿Escuchó la risa?
–Sí, la escuché.
Decidí dar otra vuelta en los pasillos antes de rendirme. Avancé lento, arrastrando los pasos en la alfombra, pero peiné los pasillos de tal modo que esa última búsqueda me dejara satisfecho. Tenía sed, pero ya no quería beber de los grifos de las habitaciones. Busqué al policía para despedirme. No estaba por ningún lado, pensé que su turno había terminado y que afuera estaría por amanecer. Cuando me dirigía a las escaleras escuché la risa ahogada de la Sueca, muy cerca de mí. Di la vuelta y pegué la oreja a la puerta de donde me había hecho a la idea de haber escuchado la risa. Escuché más ruidos, pero había escuchado ruidos en otras puertas durante esa noche. Aun así decidí entrar. A pesar de que la cerradura cedió con suavidad no pude abrir, parecía haber un lastre del otro lado. Empujé con esfuerzo y logré pasar sumiendo el vientre. Perdí el aire un segundo.
Fuera de su lugar habitual, a unos pasos de la entrada, estaba un ropero con espejos ovalados en sus puertas. Alguien estaba detrás, sacudiéndolo. O, mejor dicho, alguien estaba parado en medio de las puertas abiertas, y sólo era posible ver sus zapatos, lo demás era mi reflejo acercándose. Por la manera en que el mueble se tambaleaba, parecía que a esa persona le costaba remover algo del fondo. Me acerqué lentamente hasta que distinguí con nitidez mi reflejo. Me negué a aceptar que yo fuera ese hombre desgreñado e incapaz de contener el temblor de los labios.
Me asomé por detrás de la puerta del ropero y vi el momento exacto en que la Sueca acomodaba la cabeza del policía del agua caliente, parecía estar muerto o totalmente inconsciente. Está dormido, me aclaró la Sueca, como si leyera mis pensamientos. Se lo merecía, ha pasado una noche tan larga. Después me preguntó qué hacía ahí, que si no me preocupaba la recepción. Contesté que no quedaba nadie después de la redada. Le pregunté por qué no había contestado. Aunque no era mi intención, por algún motivo susurraba. Me acarició la nuca y la cara en un mismo movimiento, me sentí áspero y sucio debajo de su mano. Me dijo que estaba exhausta, que después veríamos. Bostezó tan cerca de mi cara que pude oler su aliento, estaba un poco ácido. Lo inhalé todo. Luego se fue a la cama. Me propuso dormir un rato. Acepté siguiéndola, antes atranqué la puerta del ropero con una pata de silla que había por ahí. Mientras dejaba mis pantalones doblados en una silla escuché los ronquidos de la Sueca. Una vez que estuve a su lado, el sueño comenzó a apoderarse de mí. Nos abrazamos un rato, o yo a ella; cuando amagaba con separarse yo separaba mi nariz de su nuca. En dos ocasiones me despertaron los movimientos del policía adentro del ropero.

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