Hernán Bravo Varela | Poemas

[Suomi]

Hernán Bravo Varela



NUNCA PASTOREAMOS un rebaño.
Sólo podíamos reunirnos
para hablar de nuestra soltería.
                                                 Nunca
montamos alazanes. Íbamos de dos en dos,
herrándonos, probando espuelas
para convenir en el dolor de la velocidad.
                                                              Nunca
vestimos camisa a cuadros ni sombrero ranchero:
nos confundía la desnudez y desconfiábamos
del cuerpo con ropa interior.
                                               Nunca
nos casamos ni tuvimos hijos.
Nos imaginamos dueños de una mascota
estéril y una casa de techos altos.
                                                 Nunca
tuvimos una historia oculta de amor.
Fuimos visibles, anecdóticos, incluso para todos.
                                                                          Nunca
escalamos montañas ni nos metimos a pescar
truchas en el río.
                         Nunca
tocarás mal una armónica.
                                          Nunca
me romperás la boca.
                                    Pero podemos llamarnos la noche
del quince de septiembre, piafar o relinchar,
perder la cabeza en ambientes controlados.




MÁS ALLÁ DE NOSOTROS hay una playa
con dos soles. Es el descenso al paraíso,
del que muy pocos vuelven. Un hotel
con una sola habitación sin espejos
cuyo interior es una ventana abierta;
su cama tiene una sábana nupcial
que se perfecciona con el aire acondicionado
cuando la criatura deja la habitación, se parte
en dos mitades y las dos caminan hacia el pueblo
para olvidar y hacer turismo.

                                                               Más allá
hay terceros que un domingo despiertan
de nuestra historia para imponer
la suya. “Él se lo pierde”, dicen
y decimos. Y se habla de causalidades
y jardinería, del envejecimiento,
de la migración de aves endémicas,
y vienen otros.

                         Es hora de decirlo
con inexactitud, de vuelta a nosotros,
hombres con ramos de casablancas
que parpadean su clave morse a mediodía,
como la arena que ves cubrirse de huellas
bajo el agua, para recordar la forma que teníamos
cuando las criaturas salían del mar prehistóricamente,
sin cerrar la puerta, sin sexo, sin volver.




(Cada quien lo suyo)

A la orilla del lago, los solteros
podrían contar pacientemente estrellas,
pero enseguida se distraen.
                                                     Ahora,
tumbados sobre el césped, los solteros
lanzan piedras al lago y hunden dos
o tres estrellas antes de que el agua
vuelva a adquirir la misma faz de antes.

Hacia las ocho, el muelle se ilumina;
prenden una fogata. Los solteros
fuman y brindan, comen y se tumban
a la orilla del lago. Las luciérnagas
se reúnen, se encienden, se dispersan.

  Lago Anna, Virginia, 24 de mayo de 2008
                    




UNA PUERTA ESTÁ abierta o cerrada.
Lo que sigue de ahí es una epifanía,
la pregunta por la belleza en un reino muy cercano,
la respuesta de un espejo de obsidiana.
 No sé
a quién seguimos, pero damos vueltas como trompos
que buscan la cuerda que los dejó girando.
Esa es la forma en que nos hacemos atractivos:
los que nos daban asco ganan urgencia, oscuridad.

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